Recuerdo que un profesor comentó en una de sus clases —una de esas que no quedan en la memoria colectiva—, perdida allá por marzo, en uno de esos días que sales con más información de la que puedes retener, que un buen filólogo debía leer alguna vez la Biblia. Claro, ¿cómo no vamos a tener el deber de conocer de primera mano una de las obras fundacionales de la literatura occidental? También, entre otras cosas, habló de que la Divina Comedia no entretiene ni al más aplicado y otras tantas cosas que no llegan a mi cabeza. Lo que sí guardé —¿quizás por casualidad? — fue el necesario conocimiento bíblico y este año retomé la idea junto con otro compañero del Barracón. Y qué mejor idea —pensábamos— que hacer un club de lectura de la Biblia durante el verano.

Así pues, decidí con cierto gusto comenzar por el Génesis, con el objetivo de adentrarme en la Torá. Abrí el libro y leí: «Cuando, al principio, Elohim creó los cielos y la tierra, la tierra no tenía forma ni orden…». Lo primero que pensé, no os voy a engañar, es quién es ese Elohim y por qué no hablan de un tal «Dios», «El señor», o «Yahvé» y sus variantes. Encontrarme con ese nombre compartía, en cierto modo, el aroma de leyenda mitológica que puedes sentir al oír el nombre de Odín o Poseidón. Los grandes dioses de culturas pasadas siempre tienen un nombre potente para aquellos que nos adentramos en su mitología y, desde luego, que «Elohim» tiene ese impacto. Sin embargo, Elohim creó el mundo y descansó el séptimo día, pero, más adelante, apareció Yahvé Elohim para formar y dar vida al hombre, a la par que crear el Edén. Hasta aquí no hay ningún tipo de problema, diferentes nombres para una misma divinidad, o incluso un nombre propio. Esto era sencillo, salvo por pequeños indicios que me hicieron indagar gracias a una lectura literaria de la obra. Y, realmente, el problema me ha llegado al sentarme a escribir. Porque sí, comienzo escribiendo desde unos parcos conocimientos cimentados en la curiosidad y con la finalidad de divulgar aquellas cosas que quizás no conocemos de la obra literaria más vendida de la historia.

Resulta que Elohim nos puede recordar a los grandes dioses pretéritos justamente porque Elohim significa «dioses». Sí, en plural, pues la terminación -im, en hebreo, es la del plural masculino. Con esto, podemos afirmar que «dioses» masculinos crean el mundo. Sin embargo, con ello romperíamos toda la lógica de las grandes religiones monoteístas. Ya no sería el «Dios único y verdadero», el creador de los cielos y la tierra, aquel que porta la verdad, sino que estaríamos ante un conjunto de dioses masculinos. Ya me puedo imaginar —sin ningún ánimo de ofensa para aquellos más sensibles en la simbología religiosa— un templo rodeado por diez o doce divinidades, cada cual con un elemento diferencial, custodiando la entrada que cruzarán miles de fieles, dispuestos a rendir culto a los «dioses», o «Elohim».  Por supuesto que el tema está más que tratado y se le ha buscado una razón de ser —no podemos tener otro panteón romano—, con lo que los filólogos hebreos han denominado a esta curiosa forma como «plural de abstracción» o «mayestático», es decir, a partir del término Elohim se representa el concepto abstracto de esta divinidad, la divinidad denominada en singular Ēl, o Eloah y cuyo nombre es Yahwé. Si compramos la interpretación del plural de abstracción, no hay mayores problemas, un único Dios es el autor de la creación, el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Pero, entonces ¿por qué es un Elohim celoso? Cierto es que no pueden existir celos sin un temor a la pérdida de atención frente a un rival, y Elohim dice alto y claro a Moisés: «Yo, su Elohim, soy un Elohim celoso» con una clara amenaza de castigo ante el posible culto del pueblo de Israel a otras deidades. Más allá del plural de abstracción, a lo largo del Tanaj encontramos el reconocimiento de otras deidades externas, el culto a otros «Elohim» que, entendidos como uno o varios nos da el mismo resultado: la irremediable admisión de otros dioses, factor que da para uno o varios artículos.

Entonces, dejando a un lado la cuestión exegética de la palabra Elohim, podemos adentrarnos en otra curiosa dualidad de este Dios: ¿Yahvé o Elohim? Ciertos estudiosos han llegado a formular teorías de lo más diversas, justamente teorías que apasionan por lo chocante que pueden ser y por proponer una ruptura con todo lo establecido. Siguiendo a Arthur Dobb, se propone que en el Génesis nos encontramos con dos divinidades claramente separadas —dejando a un lado los plurales mayestáticos o cuestiones etimológicas—, cada una de ellas con una idiosincrasia propia. Podemos ver un hartazgo en la creación por parte de Yahvé, quien enfadado con la maldad de la humanidad decide acabar con la creación hecha. Sin embargo, Elohim se apiada de Noé y su familia, a lo que Yahvé parece dar el visto bueno. Las contradicciones no cesan, pues Elohim ordena a Noé que introduzca en el arca, además de a sus familiares, una pareja de cada especie. Por otro lado, posteriormente Yahvé se dirige a Noé y le ordena que sean siete parejas de cada especie de animales puros, contraindicando en cierto modo las primeras órdenes de Elohim. Después, conocemos todos la historia: el furioso Yahvé lanza el gran diluvio durante cuarenta días y cuarenta noches, sin embargo, es Elohim quien cesa la lluvia y bendice a Noé. Este ejemplo de diversidad de comportamientos puede marcar una diferencia entre las dos divinidades, apoyada por los episodios en que se aparecen a Abram y Saray —rebautizados por Elohim como Abraham y Sara— o la intervención de Yahvé, a través de un ángel enviado, ante el inminente sacrificio de Isaac a manos de Abraham por una caprichosa petición de Elohim.

El ángel de Yahvé evitando el sacrificio de Isaac. El sacrificio de Isaac, Peter Paul Rubens.

Pero el episodio que en mi opinión puede dar mayores muestras de un «biteísmo» Elohim-Yahvé, ocurre en «La historia de Jacob», más en concreto tras encontrar los campamentos que Elohim tenía en tierra, poblado por los ángeles de Elohim, sí, de carne y hueso. Contrariamente a lo que nos tiene acostumbrados la Biblia, el asunto de contacto entre divinidades y mortales se hace patente al estilo de la mitología grecorromana. Cualquiera diría que tenemos enfrente al mismísimo Heracles combatiendo, pues Jacob promete hacer de Yahvé su único dios si le protege, pero por la noche se halla en una oscura contienda ante un desconocido rival. Fue tal la magnitud del duelo que se extendió la noche entera y se resolvió con la cojera crónica de Jacob. Pero ¿quién fue el misterioso rival? Pues nada más y nada menos que el mismísimo Elohim personificado, quien rebautiza a Jacob como Israel, palabra que significa «el que lucha con Dios». ¿Serán los celos ante Yahvé lo que llevó a Elohim a luchar contra Jacob? En cualquier caso, lo deja muy mal parado y Jacob —o Israel— merece honores prácticamente mayores que Áyax, Odiseo o Aquiles, recordemos que se ha enfrentado y ha sobrevivido a un singular duelo ante el mismísimo Dios. Con esto vemos que los celos de Hera por las extravagantes infidelidades de Zeus no son únicamente cosas de los griegos, pero seguiremos siempre con la duda. Una duda que se puede estirar todo lo necesario y con la que nos podemos preguntar, por ejemplo, si realmente el Caballero de la Triste Figura don Quijote y Alonso Quijano el Bueno son la misma y única persona o sólo lo creemos por la exégesis de un libro fundacional.