El televisor de Mónica

Desde que volví a ver aquella fotografía, dedicaba unos minutos a la nostalgia todos los días. No es mi mejor retrato, pero me traslada a las calles de Sevilla, al olor a azahar y a la vida vista por un chaval de veinte años a través de un objetivo de treinta y cinco milímetros.

Alquilé un piso pequeño y oscuro en uno de los barrios más humildes de la ciudad, pero la esencia andaluza rezumaba de sus callejones, y los viernes por la noche las esquinas se vestían de gitana y bailaban flamenco. En la cocina, de azulejos color verde agua, una puerta daba paso a un patio que algún día fue pintoresco, pero de aquella época solo quedaban chorretones amarillentos en las paredes, coronados por aros metálicos oxidados y vacíos. En ese cachito tan mío en pleno centro sevillano, Mónica, mi vecina, tendía las bragas cada domingo.

Mónica tenía el pelo oscuro, siempre suelto y enmarañado, y una boca que se me antojaba de fresa –roja, dulce, madura– desde que me dijo que era de Huelva. Vivíamos puerta con puerta y la primera vez que la vi me sorprendió fumando un cigarrillo mientras revisaba las fotos que tenía que mandar a la redacción esa tarde. Su voz me hizo levantar la cabeza cuando me preguntó si yo era el nuevo.

—David, me llamo David. Y sí, soy el nuevo.

Ella estaba bajo el marco de la puerta, descalza, y sostenía, apoyado en la cadera, el balde de la colada. Atravesó el patio y me dio dos besos alegres en las mejillas que sonaron a hechizo: me enamoré de ella en aquel mismo momento. Sin decir nada más, se dio la vuelta y comenzó a tender al sol la ropa mojada. Yo intenté volver a concentrarme en las instantáneas de la cámara, pero cada vez que se ponía de puntillas la camiseta le trepaba por el cuerpo y sus muslos tersos y morenos robaban mi atención. Cuando terminó, se acercó a pedirme un cigarrillo y cotilleó en silencio lo que tenía entre las manos. Le expliqué que me había contratado un periódico local, por eso me había mudado a Sevilla, pero que mi intención era hacer algo de dinero para volver a casa y abrir algún día mi propio estudio de fotografía. Se rio de esa manera que solo se ríen las muchachas andaluzas y el eco de su risa resonó en el patio como una algarabía.

—Buena suerte, David —me dijo con media sonrisa mientras enterraba la colilla en la tierra seca de una maceta abandonada en la esquina del patio. Y entró en su casa.

Esa semana soñé tres veces con ella a pesar de que ni siquiera me había dicho su nombre. El domingo volví a salir al patio y la esperé hasta que el sol estaba tan arriba que todas las paredes se inundaban de luz y de calor. Pero Mónica no apareció y las cuerdas se quedaron vacías y tristes, así que lavé mis sábanas y las tendí a media tarde. Cuando acabé de cenar, mientras preparaba mi termo de café para el día siguiente, ella llamó a mi puerta y, al abrir, su voz irrumpió en la cocina como un vendaval que entra y lo desordena todo.

—Hola, ¿te importaría recoger tus sábanas? Es que necesito colgar mi ropa.

—Sí, claro, perdona —respondí, cobarde y vergonzoso ante su descaro y su belleza.

—Tranquilo, es que hoy te me has adelantado —me dijo en un tono más suave—, pero hace tanto calor que ya se han secado. Venga, te ayudo.

Salí al patio detrás de sus caderas y recogimos mi ropa de cama entre los dos. Mónica no me decía nada, pero yo notaba sus ojos oscuros clavados en mis manos.

—¿Qué tal ha ido tu semana? —me preguntó en un intento de calmar la tensión tras su brusca irrupción en mi cocina.

—Bien. He trabajado mucho, pero me ha servido para conocer a gente —mentí.

—O sea, que ya estás haciendo amigos.

—Amigos, amigos… más bien compañeros de trabajo —balbuceé.

Yo no me atreví a ayudar a Mónica a tender sus bragas, así que me quedé parado en una esquina mientras hablábamos. Se hizo un moño despeinado que se le iba cayendo cada vez más hacia un lado. Aquella noche, en la cálida tiniebla de la luz de nuestro patio, mi vecina por fin me dijo su nombre:

—Mónica, como mi abuela —se giró a mirarme con una sonrisa en los ojos—. ¿Qué haces el viernes? Si quieres vamos a tomar una copa y te presento a mis colegas.

Aquella noche probé por primera vez el rebujito y los labios de Mónica. Tentador, dulce y efervescente, ese beso en La Carbonería me hizo querer echar raíces en el sur. El domingo, en el patio, fuimos dos amigos que no quieren recordar lo que pasó estando borrachos.

No volví a besarla hasta bien entrado el otoño, cuando una mañana de noviembre se coló por la puerta de mi cocina con una bolsa de churros recién comprados. Aquel día era el cumpleaños de mi hermano pequeño y yo echaba de menos el frío de mi ciudad y el calor de mi familia.

—¿No vuelves a casa en Navidad? —me preguntó Mónica intentando animarme mientras untaba un churro en el café.

—Sí, claro. Pero yo nunca había pasado tanto tiempo fuera de casa. A veces echo de menos las broncas de mi padre y los abrazos de mi madre.

Mónica me miró como la niña que ve a través del escaparate un perrito blanco en la tienda de animales, con ternura y antojo. Me besó despacio, cada vez más cerca, y los churros se enfriaron sobre la encimera.

Aquel domingo fue solo nuestro. Mónica anocheció sobre mi cama, con los muslos desnudos y la boca llena de futuro. Yo había soñado con ella, con su nombre, con su sabor, con nuestra ropa interior colgada en la misma cuerda del patio. Ella me dijo que también había soñado conmigo, con mi mirada a través del objetivo y con esa manera de hablar tan fina. Desde ese día empezamos a pasar más tiempo juntos: Mónica, sus labios de fresa y yo. En primavera llenamos las paredes con macetas azules y flores de colores. Ella se encargaba de regarlas y yo de mirar cómo trepaba la camiseta por sus caderas. Me llevó de la mano a la Macarena por un camino que me dijo que no tenía fin y que estaba hecho solo para nosotros. Un domingo por la mañana de finales de mayo, mientras llevábamos todas mis cosas a su casa, encendí la cámara y le hice una foto sin que a ella le diera tiempo a reaccionar.

Y entonces llegó el final. Volví al norte un mes después del accidente porque ya no dormía con ella pero no dejaba de soñarla. Aquí los domingos se volvieron grises y lentos y las fresas, desaboridas. Yo sólo era un chaval que se había enamorado locamente de un vendaval y ahora solo le quedaba el caos de un futuro despedazado. Tardé mucho tiempo en aprender a vivir sin su voz de algarabía.

Hace un par de semanas encontré la foto, mientras buscaba mi primera cámara para colgarla en el salón junto a las demás, ahora que me he jubilado. Es el único retrato que tengo de Mónica. Tiene el pelo recogido en un moño despeinado que se le cae hacia la izquierda, una ceja arqueada y sorprendida, su boca de fresa entreabierta y los pezones sobresaliendo por la blusa justo encima del televisor. Nunca me he olvidado de ti, Mónica, pero tuve que inventarme un futuro solo para mí. He tratado de no pensar en cómo habría sido nuestra vida si hubiéramos podido hacer realidad todo lo que prometimos. Tal vez habría conseguido abrir mi propio estudio, tendríamos un patio de naranjos y una niña llamada Carmen. Saldríamos a desayunar cada domingo por la mañana y los viernes por la noche dormiría entre tus muslos. Podríamos haberlo vivido todo, todo eso que soñábamos cuando dormíamos juntos, si no fuera por aquel coche que se saltó el semáforo. Quizá en otra vida podamos cumplirlo, gitana.

Relato ganador del XIV Concurso Intergeneracional de Relatos Cortos «Un futuro posible»