Buenas, lector. Perdóneme si le trato de usted: no le conozco y quisiera guardar cierta distancia respetuosa. No es, créame, para elevar a alguno de los dos a una posición de superioridad que, francamente, es aún inmerecida: ni yo me he ganado el título de articulista ni usted ha terminado aún la lectura del presente, por lo cual aún no puedo agradecerle el tiempo de leerlo (pero sí el de curiosear aquí dentro).
Hoy quisiera escribir de esto mismo: no me puedo imaginar su procedencia ni usted la mía con únicamente esta insistencia por el uso de tal persona gramatical. La respuesta más probable, por la situación geográfica del Barracón, es que nos lea también desde España. En ese caso, no creo que le hayan tratado de esta manera últimamente. Entre los jóvenes en España, el ustedeo tiene una presencia insignificante, solo presente al dirigirse a una persona con una edad claramente superior (y lo más probable es que sea corregido con alarma por el interlocutor, con tal de no envejecer en sentimiento).
Y, sinceramente, a mí eso me irrita. Me encabrona. Es una herramienta preciosa y utilísima que habría que conservar en el inventario para navegar mejor por las situaciones sociales y no romper nunca ciertas barreras. No quiero que una corporación bancaria finja acercamiento saltándose una fórmula de respeto asentada: yo soy un cliente y, por tanto, vengo buscando un servicio, no una amistad. No nos hemos ido a tomar unas cervezas, no conozco de nada al hombre o mujer detrás del mostrador y no me provoca interés o, al menos, no en la primera intervención. Las cortesías existen como guión para la incertidumbre, cuando no tenemos claro el estatus de nuestro compañero o cuando no conocemos su personalidad y gustos: con una cortesía no se cae al vacío. Los modales son relevantes y útiles, al igual que su ruptura es deliberada y cumple también una función.

Si un profesor de universidad en el norte de España trata a sus alumnos de usted, les pide una distancia y un respeto a su trabajo y conocimiento en el campo, o igual trata de manejar a un grupo de alumnos muy grande alejándolos de manera artificial. Si un profesor decide tutearlos, envía un mensaje distinto: uno de cercanía. Esto sólo son anuncios superficiales y son promesas que pueden o no ser cumplidas, las palabras no definen las acciones al final. Pero son una declaración de intenciones. Cuando le escribo un correo a alguien con un cargo en la universidad, me aseguro de tratarlo de usted, y siento el mismo impulso con mis profesores (aunque en clase les llame por el hipocorístico cariñoso, Leo).
Es tanta esta comodidad en el guión social que, cuando estaba nerviosísimo momentos previos a conocer a los padres de mi novia, le pregunté si los tenía que tratar de usted y me miró como si acabara de bajarme de Júpiter. Yo necesitaba ese apoyo en la muleta de la cortesía y mostrar ese respeto. Sin embargo, podrían también haberlo interpretado como un envejecimiento o un alejamiento, que no hubiera sido mi intención. El respeto y el distanciamiento no tienen por qué ser inextricables: mis padres, provenientes de Centroamérica, se han tratado de usted toda la vida y yo, por separado, los tuteo, pero les cuento (a ustedes) mi día. Esto último no es más que costumbre: no tienen un pronombre informal de segunda persona plural; el único con el que cuentan es el ustedes. A mis tíos, toda la vida los he ustedeado y con algunos tengo cercanía y otros no. Exigen un respeto por la edad y la experiencia que es meramente formal, y luego se traducirá o no a las acciones y el sentimiento.
Lo que quiero decir es que la cercanía y el respeto son dos métricas distintas y que no tienen por qué estar correlacionadas, aunque sean fácilmente confundibles. Me molesta que una persona que me ofrece un servicio me trate con cercanía si es inmerecida, no porque me trate sin respeto, ya que también es inmerecido. Mis padres se deben respeto pero no conozco dos personas más cercanas. Y los profesores pueden hacer lo que les dé la gana, si me preguntan a mí (aunque he respetado más a los que no me han obligado). Y a usted, esta vez sí, muchas gracias por terminar este artículo.
(PD: ETIMOLOGÍA. Surge de Vuestra Merced, tratamiento de cortesía que era en tercera persona (lo cual explica la extrañeza de su conjugación) que se fue acortando en distintas fases de uso, un gran número de ellas documentadas: vuesarced, vuesasté, vuesasted, vuested, vuacé, vusted, usted, uced, ucé. No se relaciona con el persa ustad, tratamiento respetuoso para una persona mayor y que significa profesor, igual que en zonas hispanohablantes se pueden dirigir a alguien con el vocativo maestro o jefe. Es una mera coincidencia).


