Oye, ¿y tú de quién eres?

Hace poco estuve con un amigo de fuera caminando por el pueblo. Le enseñé el Valle. Cómo no, dimos una vuelta por la mañana. Nos perdimos en paseos sencillos, entregados a la armonía. Ya en la tarde íbamos a coger el coche para ver los lugares de interés cercanos, los pueblos de alrededor, algunos dólmenes y cascadas. Al llegar a casa para comer, esperaba lo típico: «Es bonita la zona, da gusto ver tanto verde» u «Ojalá vivir aquí, tiene que ser chulo». Obviamente él no sabe que todo lo bonito esconde sombras y el dinamismo no brilla aquí durante el invierno, pero esa es otra historia.

Sin embargo, lo que me sorprendió es que no empezó por esos comentarios, sino que dijo uno más sencillo, si cabe, pero con más enjundia: «Joe, aquí conoces a todo el mundo». Yo me reí un poco y seguimos a lo nuestro, pero ese comentario realmente escondía algo. Obviamente no conozco a todo el pueblo, mucho menos en verano con la gente que viene a pasar las vacaciones. Pero, aun así, es cierto que con cada persona que nos cruzamos aquella mañana intercambiamos un «buenos días» o «hasta luego». Incluso, a veces, ni siquiera se llegó a palabras y los saludos eran movimientos con las manos, cercanos a aspavientos, o sutiles movimientos de cabeza. Y, sin embargo, no nos conocíamos.

Esto da que pensar. Una simple pregunta inocente de mi amigo de ciudad dejaba ver más cuestiones identitarias de las que él y yo esperábamos. Porque estar en el pueblo también es eso. Es saludar a toda persona que nos cruzamos, incluso cuando muchos son excursionistas –y sabemos reconocer que lo son, hay veces que la ropa no engaña–, no para hablar, no porque nos conozcamos. Podríamos esgrimir la idea de que es educación y comenzar a lanzar piedras a la urbe colocando nuestra integridad moral por encima. En ello no voy a entrar, porque creo que todo va más allá: nos saludamos porque pertenecemos al pueblo y el pueblo nos pertenece.

Más allá del reducido número de habitantes y la facilidad para reconocer rostros, la cuestión es que estamos en nuestro hogar y, por lo tanto, saludamos a todo aquel que comparte nuestro camino. Claro que cuando mi amigo me preguntó no me puse tan exquisito, pero sí que respondí algo sobre caras conocidas y vecinos. Él, por su parte, me respondió que no hace ni ese esfuerzo con sus vecinos del bloque y que si le es posible sube solo en el ascensor o coge las escaleras, todo ello con tal de no coincidir y saludar y entablar conversaciones banales. Yo no recuerdo mucho más que dedicarle una sonrisa cordial y continuar la conversación por otros derroteros, aunque él no escondía su entusiasmo al saludo «desconocido» del pueblo.

Salimos a la calle, por la tarde, y cogimos el coche. Nos perdimos por las serpenteantes carreteras y llegamos a un mirador cerca del cañón del Ebro. En el aparcamiento había dos coches, no íbamos a estar solos. Nos acercamos al mirador y mi amigo se me adelantó con un agradable «buenas tardes» a los presumibles excursionistas. Ellos nos devolvieron el saludo sin tanto entusiasmo y continuaron leyendo el cartel informativo de la fauna local. Vimos toda la zona, estuvimos en sitios realmente bonitos que, a veces, valoro poco, quizás por la desagradecida costumbre. Sin embargo, él disfrutó como un niño pequeño y eso me hizo recapacitar en mi relación al paisaje.

Al emprender el sol su huida, dimos por finalizada la jornada y llevé a mi amigo de vuelta a su casa, ya a la noche pondría la música lo más alto posible y me dejaría llevar por el asfalto que me lleva a mi hogar. Sin embargo, no todo acaba aquí. Cuando llegamos a la urbe nos encontramos con un atardecer muy agradable. La temperatura era perfecta para continuar en la calle y echar unas horas a la fresca. Estoy seguro de que la mayoría de gente pensó lo mismo, porque el parque de al lado de donde él vivía estaba a reventar. Sin embargo, es dudable la cantidad de personas que había en aquel lugar, a pesar del indiscutible número de rostros. Y cuántos habitantes hay realmente en estas aceras, cuántas personas viven y no son pasajeros efímeros de las calles.

Ahora reflexiono sobre esas fechas. Reflexiono sobre la importancia de seguir haciendo nuestro aquello que ya lo es. Ese «hasta luego» cruzado de manera incoherente con ese «buenas». ¿Qué más dará?, si no hay una intención real de entablar conversación. Mantener ese «¿y tú de quién eres?», porque es lo que más nos representa. Representa el cambio generacional, la vida que continúa extendiéndose en el pueblo, pero el interés por conocer a aquellos de nuestro hogar. Y qué felices nos pone saber que hemos crecido acompañados de gente que se interesa por nosotros, por saber quiénes somos, conocernos y ubicarnos. Y algún día preguntaremos a algún chiguito de quién es y nos sonreiremos. Nos sonreiremos porque sabemos que la vida sigue estirándose, suave, pero sin intención de poner fin; y porque podremos ubicar y conocer a la gente que comparte nuestra casa.