Yo no tengo pueblo propio. Adopté el del esposo de mi tía y el del esposo de mi abuela (que es el mismo pueblo) brevemente cuando era un niño, pero no estuve la porción de verano suficiente como para conocer a los otros niños. Sin embargo, ahí pasan el verano mi tía, su marido, una hermana de mi tía y mis dos primas pequeñas, creciendo en feliz comunidad. Este pueblo, que yo no habito ni en cuerpo ni en corazón, me hace las veces de pueblo propio cuando lo necesito para una actividad rural: véase, por ejemplo, el 12 de agosto, que fueron tanto el eclipse como las Perseidas, ambos espectáculos astronómicos que se benefician de menor contaminación lumínica. Vi el eclipse en el pueblo con una camisa roja. Mis padres también llevaban una prenda roja, todo ello por ruego de mi hermana pequeña.
Embutido en una bolsa y algo de pan, nos atascamos un poco saliendo de la ciudad y yo me preocupé brevemente de que mucha autopista estuviera así de congestionada. Por suerte, no fue así y llegamos a la dirección de mi tía: no lo veríamos desde el propio pueblo. La dirección era uno de los peñones cercanos y no sabíamos cómo subir con nuestra furgoneta, poco preparada para excursiones fuera del asfalto; “lo que faltaría, cargarnos una rueda” dijo mi padre. Llegamos a la dirección y no encontramos el coche en el que habían subido ni tampoco una manera de subir nosotros a la peña (una manera realista, digo; no íbamos a cortar el empinado ángulo de la loma con nuestro coche urbanita). Pitamos varias veces y finalmente contestó a la llamada mi tía: nos veían desde arriba la familia y nos guiaron por teléfono por un recorrido practicable.
En cuanto remontamos la peña, vi que no estaba, como pobremente supuse, únicamente mi tía y su familia: estaba medio pueblo, que había subido en el remolque de un tractor. Toda aquella gente y su ruido habría espantado irremediablemente a la fauna local. Esto me entristeció un poco; tenía entendido que los animales actuarían de maneras extrañas. No conocía de nada a ninguno. Sólo un hombre con palabra rápida y humor agudo se dirigió a mi padre con naturalidad y un chiste medio formado en la boca, participándolo de una burla a su paisano. El ambiente era festivo; nos reíamos con las pequeñas, circulaban bromas y advertencias sobre la ceguera y las gafas y compartíamos lo que sabíamos de esta extraña convulsión intelectual en la vieja Castilla. “Elon Musk en Lerma” “¿Y para qué querrá el Parador completo, si no tendrá amigos?” “Pues para los empleados, supongo” “Y la NASA en Villalibado” “Y un checo en Quintanilla del Agua tomando fotos” “Y un italiano en Poza de la Sal” “Y mi prima en el hospital” “¿Qué tendrá eso que ver?”. Supongo que pasó lo mismo en todos los lados que lo vieron, mientras se iba comprobando el paulatino avance: “Ya está dentro la Luna”, “Ya va la mitad” “¡Quince minutos!”, “Ya falta sólo una uñita” “Tres minutos, ¡poneos todos las gafas!” “Adiós, ¡por si me pasa algo!”, bromea mi padre. El destello final.

Yo he visto el amanecer mientras navegaba por encima de las nubes. He visto las maravillas de los hombres reflejadas en ríos inmensos. He visto la cuna de mi cultura en monumentos casi derruidos. El arte más poderoso de cada época encerrado en un único edificio descomunal. El trabajo accidental de la geografía: lluvia atronadora manando de una roca ciclópea, la línea en la que el hielo seguro de un lago se encuentra con el hielo mortífero, montañas desnudas, vestidas y disfrazadas de marrón, verde y blanco… El evento más impresionante que he visto y compite quizá con esto (aumentada su espectacularidad por lo que costó cazarlo) tiene que haber sido una aurora boreal; aullamos de la alegría, nos despertamos los unos a los otros y una clamó a su Dios, superada por completo. Pero no recuerdo haber sentido lo que sentí entonces.
Se apagaron los cielos, como una profecía bíblica. Nunca había visto dormir al Sol a deshora (robándole un verso a mi novia) ni la sombra metálica de la luz que rebotaba en los montes. Duró muy poco. La corona de fuego se acabó y amaneció como nunca había visto amanecer. Mi padre, que no suele sorprenderse por nada, estaba extático. Mi madre no podía parar de sonreír. Mi hermana, encantada. Vestíamos de rojo por una superstición que ella no entendió del todo o quizá la cruzó con la de vestir ropa interior roja en Año Nuevo, no lo sé. En Honduras, me contó una tía mía, las mujeres embarazadas vestían una prenda roja para evitar un aborto. En Mesoamérica en general se pensó que los rayos causaban malformaciones en el feto o enfermedades. Los mexicas rezaban por la restitución del orden natural. Los chinos golpeaban sartenes y ollas para espantar al dragón que se estaba tragando al Sol. Muchísimas leyendas auguran también el fin del mundo. No teníamos animales alrededor, pero no me hicieron falta: obedecimos nosotros al impulso animal, nos echamos a aplaudir, sin dejar de proferir distintas alabanzas (no necesariamente a Dios). Ese aplauso era un intento de ayudar a la boca, de afirmarnos en el mundo (que de repente se había vuelto al revés), de ahuyentar las extrañas sombras del infinito paisaje y el extraño viento. No hemos cambiado tanto. Quizá hay cierta orfandad espiritual en el mundo moderno, pero seguimos sin saber qué pasa, en un nivel instintivo, cuando una ley en apariencia universal (el Sol brilla entero siempre por el día) se vuelve mentira. Seguimos confirmando desesperados nuestra experiencia con los de alrededor.



