Hay que reconocerlo, La Odisea de Nolan está siendo todo un éxito. Y lo está siendo, a pesar de no decir nada nuevo, simplemente está narrando lo que han narrado más de las personas que puedan registrarse. Está contando una de las historias más antiguas de la humanidad, más que conocida por la mayoría y más que cantada por los aedos. Sin embargo, no todo es la mayoría y gracias a ello mucha gente se ha acercado a los textos homéricos.
Y es que eso mismo estoy tratando de hacer yo. Salvando las inmensas distancias, trato de acercar a la minoría que no conoce aquellas cuestiones de una de las obras más antiguas de la humanidad, que ha sido más que contada por más gente de la que se pueda dar registro. Y qué mejor unión que estas dos grandes obras —y nunca mejor dicho— Odisea y Biblia para establecer curiosos nexos. Y la cuestión que voy a tratar hoy es nada menos que aquella relacionada con los gigantes.
Mucha gente salió de las salas de cine ciertamente desconcertada con uno de los episodios de la película de Nolan. ¿Quién demonios eran esos gigantes con armaduras teutónicas? ¿Por qué un pequeño crío medía más que toda la tropa de griegos y por qué acabaron con ellos? Bien, pues, aunque hay que decir que Nolan se viene arriba y patina un poco en la representación —por Zeus, es impensable esa representación en el año 10.000 antes de nuestra era, con ropajes de paladín medieval—, este pasaje pertenece a la obra original y es el Canto X, el de los lestrigones. Y estos lestrigones son nada más y nada menos que gigantes antropófagos, es decir, grandes caníbales que acababan con todo aquel marinero desviado de su travesía. Si bien en la película no se ve esta faceta caníbal, es más que notoria la hostilidad y la sed de sangre.
Y ¿cómo relacionamos todo esto con la Biblia? Pues hemos de hacerlo con los gigantes del Génesis, Números y el Libro de Enoc, entre otros. Estos son los nefilim. El nacimiento de estos seres surge de los hijos del mismismo Elohim —podrían ser los ángeles, vaya— con mujeres humanas. Y qué mejores rasgos para compartir con los famosos lestrigones que buscaron acabar con la tripulación de Odiseo, que la maldad y la fuerza. Si bien estos no son caníbales en origen —al menos nada se dice al respecto en el Génesis— Elohim trató de borrarlos por considerarlos malvados.

Más curiosa es la situación si consultamos el Libro de Enoc. Este es un libro que no es considerado canónico para la mayoría de cristianos y judíos y que, por lo tanto, no se incluye en la Biblia. A pesar de ello, es un libro de gran interés y donde se trata el origen de estos gigantes, extendiendo la versión del Génesis y se da un rasgo más: «y cuando los hombres ya no pudieron sostenerlos, los gigantes se volvieron contra ellos y devoraron la humanidad». Aquí lo tenemos, una vez más los caminos se cruzan y se comparten, las mitologías se unen y se devoran entre sí. Los lestrigones y los nefilim pueden parecerse más de lo que creemos y pueden representar cuestiones humanas. Humanas por todo aquello que simbolizan, pues, como he dicho antes, los lestrigones son, al fin y al cabo, aquellos monstruos gigantes que acaban devorando al marinero despistado, al curioso que se ha extraviado. Representan el temor a las tierras lejanas, tierras que no han sido exploradas y en las que se puede perecer por ese mismo miedo a lo desconocido. Y ello mismo representan los nefilim, pues atendiendo a Números 13:33, cuando los israelitas son mandados a explorar Canaán vuelven temerosos tras haber visto, entre otras cosas, a esos gigantes caníbales y asesinos, o como dicen: «La tierra que pasamos por ella para espiarla es una tierra que devora sus habitantes, ¡toda la gente que vimos son gigantes! Vimos Nefilim, los hijos de Anak». Y como podemos ver lo desconocido es esto, es temor, es miedo a morir en una tierra en la que todo se vuelve hostil ante una mirada de constante inseguridad. Creamos a los gigantes para rebajar la arrogancia humana y esa sed de inmortalidad que Odiseo encarna, esa hybris que deberían castigar los dioses a más de alguno que, en la actualidad, piensa que es capaz de controlar todo el mundo, más allá de las tierras conocidas. Y más aún, se cree por encima del bien y del mal sin saber realmente que su soberbia le sitúa en uno de los dos lados.
Y este es solo uno de los cientos de paralelismos que podemos trazar entre el relato bíblico y el homérico. Unos relatos mascados de sobra, pero que esconden ciertas cuestiones de interés que aún muchos podemos redescubrir. Por otro lado, el éxito de La Odisea de Christopher Nolan está siendo increíble y, aunque esconda barbaridades y excentricidades propias del cine hollywoodiense —mejor no hablemos del Agamenón-Darth Vader—, hay que reconocerle gratamente la euforia homérica que ha creado y el retorno a las fuentes clásicas de muchos jóvenes y no tan jóvenes, por puro placer y curiosidad, alejado de la obligación académica.


