Tránsito y olvido

Hoy me he despertado tranquilo, serían las siete u ocho de la mañana. Anoche dejamos la persiana un poco subida para despertarnos con la luz del sol y se colaba por las pequeñas rendijas. Había silencio. La gente aún no había salido a hacer los recados, debía de ser sábado. Tampoco era hora punta ni media porque la campana de la iglesia no había sonado. Como siempre, ese silencio me recordó todo lo que tenía por hacer. Ir a la huerta, asar los pimientos, limpiar la furgoneta y arreglar las macetas. Por la tarde, volver a la huerta, ir a ver los olivos y comprobar si todo va bien para la cosecha. Después me imagino que pasar por los animales, ayudar a Teresa con los cerdos y limpiar el corral de los pollos.

Fui a levantarme. El cuerpo pesaba mucho. La mano temblaba mientras cogía el vaso de agua. Una mano. Mi mano. Temblaba y me era ajena. Un pensamiento me sacudió de pronto y recordé que ya no existía la huerta y tampoco la granja. La furgoneta la vendieron mis hijos, la parcela de olivos se la repartieron y las macetas las tiramos hace tiempo. Me pasaba a veces, cuando la edad me hacía confundir el sueño con la realidad y el pasado con el presente. Me sentí triste.

Por lo menos, Teresa seguía aquí. La miré un momento. Yo sabía que estaba despierta, aunque tenía los ojos cerrados. Siempre le había costado madrugar. Conseguí levantarme y comencé a caminar hacia la cocina hasta que tropecé con la esquina de la cama. Teresa abrió los ojos y quise decirle buenos días, pero me asustó su expresión. No la recordaba tan mayor. Saltó de la cama y corrió hacia mí. Me sujeto muy fuerte del brazo y empezó a mover los labios. No sabía qué me quería decir, no escuchaba el sonido de su voz. Me quedé aturdido. Teresa me zarandeaba y por fin conseguí oírla. Me pedía que le dijera si me había hecho daño. Yo creía que no, pero Teresa miraba la herida del pie. Creo que empezó a llorar. Me llevó hasta una silla, me sentó y trajo varios líquidos y algodones. Yo la miraba. Me puso una tirita. Dejó de llorar.

Recuerdo poco de esa mañana. Creo que discutí con alguien y me enfadé porque no estaba la furgoneta roja. Casi era media mañana y quería ir a la huerta porque los tomates se iban a poner malos. A la tarde Teresa abrió la puerta a dos mujeres. Una era muy joven, me recordaba a una muchacha del pueblo del al lado. La otra era más mayor, de mediana edad y me saludó muy simpática. De pronto, me empezó a volver a doler el pie y me enfadé. Le quise decir a Teresa que me apretaba demasiado el zapato, pero no podía. Mi boca no conseguía hilar los sonidos de las letras para hacer palabras y al fin decirle que el zapato me apretaba demasiado. Yo no podía llegar hasta los pies y mi mano, no, mi mano no, esa mano temblorosa que hormigueaba, no me dejaba el pulso necesario para desatar el zapato. Me molestó no poder, no entendía nada y no quise cenar, se me había quitado el apetito y me dolía el pie. Las dos mujeres se marcharon y nos quedamos la otra mujer y yo, ahora no recordaba su nombre, pero sabía que siempre había estado con ella y que me cuidaba. Al final, sí cené. La mujer me lo pidió varias veces, decía que era bueno para mí.

Al terminar, recordé el nombre de la mujer. Recogió la mesa y yo la quise ayudar, pero me dijo que no hacía falta. Yo creo que sí necesitaba ayuda, pero veía que yo y esa mano temblorosa no harían ningún bien a los platos de cerámica. La miré moverse por la cocina, estaba ágil para ser mayor, no sé cuántos años teníamos ni cuándo habíamos comprado esta casa. Recuerdo que mi padre nos dio esta parcela para construirla y mis hermanos me ayudaron. Mis hermanos. Hace mucho que no los veo. Manuel, Esperanza, Javier y…Teresa por fin me quitó el zapato. Quizás se lo había pedido y no me acordaba. Me empezó a hablar, pero no conseguí escuchar qué me decía y dije algo que no recuerdo. Ella me miró con ilusión y siguió hablando y hablando y sonriendo y mirándome. Yo no supe decirle que seguía sin escucharla. Me conformé con mirarla. Me hubiera gustado decirle que le echaba de menos. A ella y a sus conversaciones. Volver a salir a la plaza del pueblo, al bar, practicar bailes para las fiestas en la cocina y oírla cantar en el coro. Me hubiera gustado decirle.

De pronto, estaba sentado en la cama mientras Teresa colocaba las almohadas. Miré la habitación pensativo, no recordaba cuando pintamos las paredes de azul. Reparé en la foto de mi mesilla. Reconocí a las dos mujeres de esta tarde, mi nieta y mi hija. Me sentí triste por haberlas tratado como extrañas. Mañana les pediría perdón. Esa noche, dejamos de nuevo las persianas un poco subidas para despertarnos con la luz del sol. Apagamos las luces. La oscuridad de la habitación me devolvió una turbia lucidez. No había huerta, ni furgoneta y la mano temblorosa sí era mía. No recordaba gran parte del día, solo fogonazos. Habitaba un cuerpo ajeno, castigado, viejo. Era como si mi memoria se volviera pequeñas partículas de ceniza que en cualquier instante se podía llevar el viento. No quería asumirlo, no podía asumirlo. Por primera vez en el día, conseguí decirle a Teresa lo que yo quería decir.

⎯Buenas noches, Tere.

La sentí sonreír.