Un ser vulgar

Son las 7:30 a.m.,

suena el despertador.

Me deslizo por las sábanas

desperezándome,

maldiciendo el mundo y el tiempo.





Poco a poco me despierto

y me sumerjo en un mar marrón

que me mantiene en pie y

engaña a los sentidos.





Enfrento la rutina

con desgana

y escasa ilusión.

Sobrevivo.





Avanza el tiempo

que me consume

convirtiéndome en las cenizas

de un cigarro mal apagado.





El día hace mella

y las energías

cuentan los granitos de arena.

Me niego.





Poco a poco me duermo

en los renglones de una hoja.

Poco a poco me veo

el dueño de un mundo nuevo,

me siento el narrador.





Avanza los minutos

en otras realidades

menos tristes

y llenas de vida.

Paro.





Me toca enfrentarme

a las tareas

y quehaceres de la rutina.





El cielo se oscurece,

suavemente,

y me zambullo

en una lluvia de jabón y agua.





Cansado, o quizás desmotivado,

llevo algo a la boca

y me enfundo en el lecho.

Duermo.









Son las 7:30 a.m.,

suena el despertador.

Me deslizo por las sábanas

desperezándome,

maldiciendo la experiencia de un ser vulgar.









Llegó la rutina. Hola, septiembre, volvemos a vernos. Se oyen cremalleras, abrimos los ordenadores, apagamos con rabia el despertador. Pronto llegarán las lluvias y el frío. Algunos van guardando, tristes, la ropa de verano, otros ansían el agua. Pero mañana sólo habrá más de lo mismo.

Mañana encenderé la radio y sonará nuestra canción. Mañana te diré hasta luego, como a septiembre.