Una distopía diferente

Muchos escritores han planteado a lo largo de la historia futuros distópicos donde se acentúan las crisis de valores en la sociedad, sumado además a deshumanizaciones constantes y gobiernos autoritarios estrictos. El primero de estos futuros, y uno de los más alarmantes para nuestro ámbito, que se nos puede venir a la cabeza es el formulado por Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451.

En esta historia se proyecta un destino carente de literatura, donde se prohíbe y castiga la tenencia de libros los cuales están destinados a arder en el fuego. A priori, algo así parece casi imposible para nuestra sociedad, pero ¿podríamos llegar a un futuro desprovisto de libros?

No parece que las obras literarias vayan a desaparecer con el tiempo, de hecho, cada vez hay más y más, sin embargo, hay libros que pueden llegar a caer en el olvido. Las futuras generaciones podrían llegar a descuidar el valor de la literatura y la lectura, lo que significa que no sería necesario prohibir los libros pues el desinterés general por este bien cultural tan preciado ya habría provocado su abandono, lo que resulta desolador de imaginar.

Hoy en día, se vive en muchos aspectos un constante pan y circo romano, una vida llena de distracciones que merman el pensamiento de la gente y los alejan de la literatura, el continuo ruido de las pantallas reduce el cuestionamiento de ciertos temas produciendo una relación cuanto menos tóxica con la inmediatez. Esto genera muchas veces dificultad para generar una opinión propia y disminuye el interés hacia tareas más laboriosas e imaginativas como la lectura y la escritura. Además, esta sobredosis de información, a la que cada vez estamos más expuestos, genera, a menudo, más egoísmo y pasividad ante injusticias y problemas (valores contrarios a la literatura que ofrece una capacidad de experimentar otras vidas y formas de pensamiento diferentes), lo que nos acerca genuinamente a una distopía. Estas posibles multitudes carentes de pensamiento, o con falsa sensación de pensamiento propio, hacen que se pueda cuestionar si un futuro sin libros es peor que un futuro con libros que no interesen a nadie.

Con esto no quiero parecer alarmista ni transmitir un mensaje pesimista sobre el futuro, como en la historia de Bradbury, la trama se cierra dejando un hilo de esperanza gracias a esos hombres libro, unos pocos encargados de mantener viva la memoria y evitar que la literatura desaparezca de nuestras vidas, un final alentador para tan temible posibilidad. El poder del cambio siempre empieza por uno mismo, y si estás leyendo esto seguramente seas uno de esos capaces de arrojar un poco de luz al mañana.

Sin embargo, esto muestra de la misma manera que no hace falta que se tengan que quemar los libros para llegar al desastre, si seguimos una dirección en la que el mundo se abarrota de personas que no leen, que no les interesa aprender, que no saben y que no cuestionan, la distopía ya será realidad. Por lo que el valor de la literatura adquiere de nuevo en un importante papel para nuestra sociedad, para las siguientes generaciones y sobre todo para nuestro futuro.