Los diminutivos pueden ser utilizados como un arma de manipulación. No solo sirven para nombrar de manera adorable aquello que queremos o para referirnos a cosas pequeñas. Hay momentos en los que un diminutivo puede ir con peor intención que un insulto. Con ellos se puede desvalorizar a una persona en cuestión de segundos sin mayor necesidad que tres letritas, -ita/o, -ina/-in, -illa/o…, que varían según la naturaleza de quién los dice.
Una obra que refleja a la perfección este fenómeno es Casa de muñecas (1879) del escritor Henrik Ibsen. En ella, el personaje de Torvald Helmer utiliza constantemente diminutivos y apelativos infantilizantes cuando habla con Nora, su mujer, un claro ejemplo de manipulación lingüística a través del registro afectivo. Palabras como Norita, ardillita, pajarito o cualquier otro animal son lo que Nora escucha salir de la boca de su marido en toda situación. Siempre con la intención de mostrar quién tiene el poder.
Lo que Torvald no sabe es que esa mujercita a la que, según él, tiene que controlar y supervisar, porque si no sería “una pequeña derrochadora de dinero”, es la que una vez le salvó la vida. Sin desentrañar mucho más de la historia querido lector/a, solo quiero añadir que nada de lo que ocurre en ese único espacio es inocente, ni la “tonta” lo es tanto, ni el “listo” sabe la verdad absoluta. Además de ser una muestra de la sociedad noruega del momento, la obra refleja el enorme mundo interior de la mujer protagonista, las malas dinámicas matrimoniales y la imagen que debían dar a la gente externa a la familia, como son las amigas o los banqueros. Todo se trata de apariencias. Es por todo ello que al final de la obra la tensión explota, siendo el tercer acto el gran esclarecedor para los personajes y, del mismo modo, para los espectadores o los lectores, pero eso ya lo descubrirá usted lector/a.
En conclusión, no hay nada en esa casa de muñecas que sea bonito, aunque las mentiras se intenten cubrir con preciosas telas bordadas. No hay amor, hay dominio. En Casa de muñecas, ese uso continuado de diminutivos por parte de Torvald Helmer establece una estrategia lingüística de infantilización, con la intención de reforzar la desigualdad de poderes dentro de su matrimonio y que, en efecto, ayuda a construir simbólicamente a Nora como una “muñequita”.


