Hoy, hace una semana y dos días que se estrenó La bola negra. No tengo que presentarla y el hecho de no tener que hacerlo es de lo que vengo a hablar hoy. Estos días me ha impactado cómo una película se ha podido convertir en un fenómeno cultural tan masivo. La ves en todos lados: Instagram, Twitter, TikTok, las noticias y, de pronto, quieres verla. Coges unas entradas y ahí, sentada frente a la pantalla gigante, todavía no te has preguntado por qué. Por qué vas a ver esa película. Tú, sí, tú. No puedo evitar pensar que, para muchos, verla era una elección que otros habían tomado antes, porque, ¿seguimos eligiendo aquello que consumimos o elegimos aquello que ya ha sido elegido por los otros?
El gusto nunca ha sido algo completamente individual. Esto no es algo nuevo y tampoco tiene por qué ser malo. Descubrimos la cultura a través de otras personas: un amigo que te recomienda una serie, un profesor que te descubre un autor o tu tía que te recomienda un libro. Nuestras preferencias culturales no surgen de la nada, se crean a partir de nuestros contextos, condiciones sociales, relaciones o el tipo de contacto que tengamos con la cultura. Por eso, aquello que consideramos interesante o digno de nuestra atención tiene, en gran parte, una historia detrás. Esto tampoco quiere decir que nuestros gustos estén completamente determinados por los demás, porque recibimos influencias, pero también escogemos entre ellas, las rechazamos, las mezclamos y construimos nuestros propios gustos.
Sin embargo, la manera en la que esa influencia circula sí ha cambiado. Antes podía venir de la familia, los amigos, los profesores, los críticos o la televisión, pero ahora eso convive con influencers, comunidades digitales, plataformas y algoritmos. Vivir también en ese mundo digital hace que estemos expuestos constantemente a las preferencias ajenas, lo que nos lleva a pensar: «Si miles de personas lo están consumiendo, quizá debería prestarle atención». Y esto no es exactamente lo mismo que pensar: «Si esta persona cuyo criterio conozco me lo recomienda, quizá me interese», aunque ambas cosas pueden convivir. De hecho, las redes sociales han conseguido que una recomendación masiva adquiera la apariencia de ser personal. Seguimos a alguien porque confiamos en su criterio y esa persona se convierte, en cierto modo, en una figura de referencia. Pero detrás de esa recomendación individual hay también una comunidad, unas tendencias y unos mecanismos que determinan qué llega hasta nosotros y qué queda fuera de nuestro campo de visión.
Así comienza un proceso que se retroalimenta constantemente: la popularidad genera visibilidad, la visibilidad despierta curiosidad, la curiosidad puede llevar al consumo, y el consumo genera todavía más popularidad, y vuelta a empezar. La popularidad no indica un valor en sí misma, sino que demuestra que algo está siendo visto, compartido y consumido. Ese algo no tiene necesariamente que ser considerado valioso para convertirse en visible, pero la visibilidad puede producir la sensación de que es valioso o importante. En el caso de La bola negra, considero que es una obra que ya tenía valor en sí misma, pero cuya visibilidad la ha convertido en un auténtico fenómeno colectivo que ha hecho que personas que quizá en otro contexto no la considerarían importante, sí lo hagan.
A su vez, cuanto más vemos algo, más difícil resulta no sentir que deberíamos formar parte de ello. También está eso: no queremos quedarnos fuera, nos da FOMO, como si necesitáramos de la aprobación de los demás para confiar en si algo merece nuestro interés. Los productos culturales, como una película, se convierten en conversaciones que todo el mundo está teniendo (o eso parece). Vas a ver La bola negra porque no quieres sentir que te pierdes algo, quieres saber de qué hablan los demás, entenderlo, tener una opinión o decir públicamente que la has visto. Porque ya no solo consumimos cultura: podemos mostrar que la consumimos, que hemos visto esa película, que formamos parte de la conversación. Lo mismo ocurre con ese restaurante al que todos van o el plan que todos hacen porque lo vieron en redes. El cuadro al que todos sacan una foto y la foto que todo el mundo está sacando, que tú también te sacas y subes. Ahora podemos mostrar qué nos gusta, compartirlo, fotografiarlo y convertirlo en una parte visible de nuestra identidad. Y entonces, ¿qué queda de nosotros en todo lo que hacemos?
Las redes nos permiten descubrir muchísimo, pero también pueden hacer que terminemos viendo una y otra vez lo mismo. Mismos libros, mismas ideas, mismas películas, misma gente, mismos pensamientos. A su vez, todo ese contenido cambia muy rápido. Seguramente, dentro de mes y medio, no estemos hablando de La bola negra y la conversación pública esté en otro sitio. Las cosas no reposan, no respiran y a veces me parece que las ahogamos, que las exprimimos todo lo posible y a toda velocidad para pasar a la siguiente cosa como si fuéramos consumidores compulsivos de ideas y tendencias.
Quizá, entonces, la cuestión no sea si seguimos eligiendo por nosotros mismos, sino cuánto espacio dejamos para hacerlo. Nuestro gusto siempre ha nacido del contacto con los demás y seguirá haciéndolo. La diferencia es que ahora vivimos rodeados de una cantidad de elecciones ajenas que nunca deja de crecer y que llegan hasta nosotros antes incluso de que hayamos tenido tiempo de buscarlas. Quizá elegir consista en encontrar, entre todo este ruido, el tiempo suficiente para preguntarnos qué hacemos con aquello que llega hasta nosotros y qué queremos hacer nuestro.


