Hace unos días, viendo la segunda temporada de Cien años de soledad, el narrador dijo mi frase favorita de todo el libro: «Con la temeridad atroz con que José Arcadio Buendía atravesó la sierra para fundar Macondo, con el orgullo ciego con que el coronel Aureliano Buendía promovió sus guerras inútiles, con la tenacidad insensata con que Úrsula aseguró la supervivencia de la estirpe, así buscó Aureliano Segundo a Fernanda, sin un solo instante de desaliento». Podríamos entrar aquí en cómo esta oración resume la terquedad de los Buendía, pero vamos a dejarlo para otra ocasión.
No era esta la primera vez que reconocía una frase literal del texto de García Márquez en la serie recientemente producida por Netflix. Un efecto secundario de estudiar filología es que ahora siempre que leo lo hago de manera muy pausada para poder fijarme en cómo el autor juega con las palabras. Ya no soy capaz de hacer lecturas rápidas, por lo que hay ciertas frases que se quedan grabadas en mi cabeza. El caso es que el narrador de Cien años de soledad es, para mí, uno de los elementos mejor ejecutados de la serie. Y, ojo, que la producción audiovisual en general me parece espectacular, pero esa voz en off consigue darle mucho más sentido.
El texto original es una larguísima narración en tercera persona, lo que se llama en el mundo académico un narrador extradiegético –fuera de la diégesis, de la historia, un narrador que no es personaje–, pero comúnmente conocido como omnisciente. Esta voz narrativa es la encargada de contarnos la historia de Macondo y de la familia Buendía, y son escasos los diálogos directos. El narrador principal de la serie es, sin embargo, una gran cámara, o muchas, supongo yo, pero nos entendemos. Este narrador cinemático no forma parte de la historia, claro, pero se encarga de contarla en su propio lenguaje: las imágenes. Sin embargo, a este gran narrador que existe en todas las producciones audiovisuales, aquí se le suma un narrador que podríamos llamar verbal y que cumple dos funciones principales.
La primera, más obvia, es añadir información al relato. La modalidad textual original se encuentra en el extremo casi opuesto a un guion cinematográfico. Desde que nació el cine sonoro, la trama se cuenta a través de los diálogos, y estamos tan acostumbrados a ello que nos cuesta horrores entender la historia de una película muda. Y más si es de Luis Buñuel. Así, el narrador de la serie de Cien años de soledad se encarga de relatar todo aquello que o bien no encaja en un diálogo, o bien es muy difícil de expresar con imágenes. Se trata de fragmentos del texto original que aportan profundidad a la historia y nos permiten comprender mejor cómo evolucionan tanto los personajes como el propio pueblo.
La segunda función, y mi favorita, es rendir un homenaje mucho más claro a Gabriel García Márquez. El autor no quiso nunca que sus libros fueran llevados a la pantalla, ya que le gustaba que sus lectores se acercasen a él y le contasen que imaginaban a Úrsula con la cara de su abuelita. García Márquez, que había estudiado cine, fue guionista de varias películas, y pudo haber adaptado a este medio sus textos, como así hizo con su novela corta La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, escrita en 1972 y convertida en película cinco años después bajo el título de Eréndira. Sin embargo, Cien años de soledad, publicada en 1967 y éxito rotundo desde su lanzamiento, se quedó en el papel, porque así lo quiso su autor y porque la complejidad de la historia dificultaba su ejecución como filme.
Seamos sinceros, los clásicos nunca son fáciles de leer, y este no iba a ser menos. Se trata de uno de los libros fundamentales de la literatura universal, aunque eso no significa que sea leído por un amplio número de lectores. Pero ahora que Netflix –bajo la autorización de los hijos del autor, que confiaban en la productora y en el formato serie, aunque, supongo, también preveían grandes beneficios económicos– ha convertido la novela en formato audiovisual, la historia de Macondo y los Buendía está llegando a un público muchísimo mayor. Esta ambiciosa producción audiovisual funciona así como fuente de conocimiento cultural para aquellos que nunca se acerquen al libro, y su mayor triunfo es mantener la voz del autor. Al introducir citas textuales de la obra original, el narrador pasa de ser un recurso funcional a un elemento estético de gran valor.
En la literatura no solo importa qué se dice, sino también –y mucho– cómo se dice, y existe en la prosa de García Márquez ese no sé qué de la literatura que sorprende y emociona. Tal vez, por eso, incluso yo misma decidí que Cien años de soledad era mucho más divertida si la leías rápido para observar cómo las palabras fluyen con una aparente facilidad que refleja un inmenso trabajo detrás.


