Acabo de leer el artículo de Borja, “Oye, ¿y tú de quién eres?” y tiene razón en cuanto a nosotros los urbanitas, desconocedores del pueblo; al menos, en cuanto a mí. Yo, como ya dije en un artículo anterior, no tengo pueblo. No tengo a quién conocer, saludar por la calle en los paseos ni una silla fija en el bar. No sé si estas cosas funcionan así, para mí la aldea es tan mitológica como Ítaca o Macondo. No hay cercanía, pues. No hay trechos de camino que pueda compartir con un vecino. De hecho, el autobús es un trámite que hemos de sufrir para llegar a nuestro destino, un tiempo muerto que nos saltamos y en el que omitimos (u omitiríamos con gusto, en caso de que se dé) la interacción humana.
Un mensaje de mi novia: “vamos todos con cascos. Vaya panda de tontos”. Y sí, en un autobús de medio centenar de personas ansiosas muy pocas hablan entre ellas y menos aún, si acaso existen, con un desconocido. Yo me he llegado a notar levemente irritado con algunas situaciones sociales que antes disfrutaba, describiéndome como una persona sociable y a la que genuinamente le gusta la interacción; callo más. Sustituimos la conversación real, en la que vemos los ojos de nuestro interlocutor reaccionar a los nuestros, en la que vemos su rostro maquinar la siguiente frase, en la que construimos como músicos de jazz una sinfonía a dos voces en tiempo real, por la conversación fingida, en la que alguien más interesante que todos los que van en este bus nos cuenta su día (o así lo pensamos). Si no, vemos partes de la cotidianeidad de otro, cómo interactúa él con sus padres o amigos o pareja o hijos o compañeros de trabajo… Si no, vemos contenido educativo o seudoeducativo. Lo que sea menos otra cara viva y latiente. Sustituimos con vidas de otros las partes aburridas de las nuestras, algo así dijo una actriz que no sabía quién era y que quería vivir siempre al límite y a quien desgarraba el camino a casa tras los aplausos. Los cascos por la conversación. (De hecho, en una corrección posterior, resulta que mi novia no me hablaba del autobús, sino de los minutos previos a empezar la clase universitaria.)

Ya lo notaba en el portal de casa. Los vecinos de toda la vida saludan, los más jóvenes (a los que he visto crecer o que han incluso crecido conmigo) soportan hercúleamente la incomodidad silenciosa durante los segundos en los que llega el ascensor al quinto. Ni siquiera la pequeña interacción verbal de “¿A qué piso vas?” puede cortar el silencio, pues ya lo sabemos perfectamente. Hay una pantalla en el ascensor que señala el tiempo y las noticias más destacadas del día. ¿Puedo también quejarme de la intrínseca superfluidad de una pantalla en el ascensor que me diga el tiempo una vez he salido de casa? Si he salido ya de casa, ver en el ascensor que hace calor no me va a ayudar. Ver que está lloviendo, depende de la prisa que lleve, también es innecesario. Es una cosa que no me hace ninguna falta. Y qué decir de la utilidad de esta pantalla en cuanto vuelvo a casa; ya soy bien consciente de que hace sol, o frío, o lluvia. Acabo de verlo. No me hace falta confirmarlo digitalmente. Casi que es más útil como detector meteorológico una piedra en la ventana. Si la piedra está fría, hace frío. Si está mojada, llueve. La utilidad de la información redundante estaba en romper el silencio con el vecino, pero ya no me hace falta ni discutirlo con ellos, pues también lo están viendo, ya conversa la pantalla por nosotros (“¡Hola, parientes!” saludaría Mildred en Fahrenheit 451). No hace falta reconocer al otro y me siento como una breve molestia, un ritualito necesario para llegar a casa a comer o a tirarse al sofá.
Ahora que nos hemos mudado y disponemos de dos ascensores se nota más: ni siquiera tengo que esperar un momento fuera del portal para que suban, puedo subirme a otro ascensor directamente. Ya no necesito hablar hasta el día siguiente, menos mal.



