Corría la segunda semana de agosto y nos encontrábamos todos en el pequeño pueblo de al lado. La noche era más cálida de lo que acostumbran estas tierras del norte, pero los vasos y sus hielos mantenían la frescura. Entretanto, estaba el baterista de la banda dando un discurso —uno de tantos que dio—, sobre el homenaje que iban a hacer a Robe y a Jorge Ilegales, estrellas del rock and roll que se cansaron de cuidar de los astros desde aquí abajo. Y así siguió la noche, mientras revivían las viejas glorias del pueblo y sus herederos —nosotros— el agresivo bajo de Ilegales al ritmo de Soy un macarra. Después, el macarrismo evolucionó a tonos más melancólicos y a las canciones que hablan de amor.
No voy a engañar a nadie si digo que estos momentos eran los que valían de verdad y que todos estábamos un poco cansados del baterista, ese viejo rockero que se empeñaba en transmitir a toda la plaza el valor de las canciones, a veces, y el por qué elegían uno u otro grupo en las otras. Sin embargo, cuando ya se acercaba el final de la verbena dijo unas palabras que se me clavaron en un punto de la testa. Él hablaba de los pueblos, de todo lo que representamos y en lo que nos hemos convertido y dijo: «Ya está bien de hablar de la España vaciada, porque es un término inventado. Además, decir la España vaciada no mola porque lo vacío es la nada y la nada no existe». Eso mismo dijo, o al menos así lo recuerdo y podría adornarlo mucho más porque da qué pensar. Da qué pensar el hecho de que absolutamente toda la plaza se callase la boca durante estas palabras, que algunos levantasen el vaso para brindar y otros se mirasen estupefactos. Da qué pensar porque cuando acabó de hablar todos aplaudimos y era un aplauso sincero.
Recuerdo que también dijo que de España vaciada nada, porque él llegaba a los pueblos con la banda a tocar en las verbenas y los veía todos a reventar. Sí, la pequeña plaza estaba llena. Estoy seguro de que el día anterior también llenaron alguna pequeña plaza de algún otro pueblo, quién sabe si de Valladolid, o tal vez de Palencia. Y razón no le faltaba, las pequeñas plazas se llenan en agosto y Castilla deja de ser vacía y pobre como nos intentan transmitir. Todo lo contrario, se convierte en el refugio de aquellos que huyen de la capital, sea cual sea. Y esa es la clave, convertirnos en refugio.
Porque, quizás, la España vaciada es una simple invención que nace del interés de aquellos que quieren vaciarla. Y más que vaciarla es despojarla de su valor, reducirla como dijera aquel rockero a la nada. Porque cometemos el error de no valorarnos y otros se empeñan en transmitirnos el mismo mensaje, y sólo así el círculo continúa. Pero en nuestras manos está abrirlo. Está en las ruedas de esos coches que empiezan a partir en septiembre, del Cadillac solitario que duerme en el garaje mientras su dueño sale del país. Y sin embargo esos coches y esos dueños pueden llevar la bandera en alto. La bandera del Valle, las historias del pueblo. Hablar del negocio artesanal, de la cultura, de la historia. Transmitirlo y defenderlo. En definitiva, entender qué nos lleva a reunirnos en una pequeña plaza por la noche, qué nos impulsa a estar juntos, más allá del kalimotxo y los cubatas.
Y es nuestro deber reivindicar la Castilla llena, que, aunque falte gente en el invierno siga viva. Que la «España vaciada» sea un nombre y no la realidad y que se valore la identidad de la tierra. Que no se acuerden de nosotros solamente para un día en el que los cielos se oscurecen, es decir, que no pasemos a ser negocio de un día, pan para hoy que generosamente le entregamos a los cuervos. Porque me apenará saber del fracaso compartido por todos aquellos que poblábamos la plaza del pueblo de al lado en la segunda semana de agosto si un día desaparece todo lo que tenemos. Porque es nuestro, y seremos responsables —además de ellos— de la caída de lo que amamos.


