Nuestra forma de escribir

En el mundo hay muchas formas de escribir y todo tipo de letras: cursivas, rectas, grandes, pequeñas, redondeadas e incluso ilegibles. Pero tienen algo especial, la forma de escribir de cada uno es única y solo nos pertenece a nosotros. Es curioso cómo la mayoría de nuestra generación ha aprendido a escribir de la misma manera: con los cuadernillos Rubio que te mandaban rellenar en infantil para aprender a hacer las letras de “forma correcta”.

Muchas se pueden parecer, pero no serán iguales. Siempre habrá alguna característica de las diferencie. Y si por algún casual hay otra persona que tiene la misma letra que tú, seguro que la forma de escribir no lo es. Tanto a la hora de hablar como de escribir, cada uno tiene sus expresiones, y su forma de contar las cosas. Todo esto está influido por nuestros conocimientos del mundo y por nuestras experiencias. Se puede decir que la escritura es como una pequeña firma invisible que nos acompaña en nuestro día a día. Dos personas pueden contar el mismo suceso y hacerlo completamente distinto. Una se fijará en los detalles y la otra irá directa al grano; una utilizará frases cortas y la otra largas, etc.

De pequeños copiamos un modelo común, todos aprendemos de la misma forma: mediante cuadernillos y dictados. En cambio, a medida que vas creciendo, esas letras comienzan a adoptar una personalidad diferente. Lo que antes era una “a” redonda, ahora es más cuadrada; la “l” ya no es recta, y la “i”, perdió su punto. Pero todos estos pequeños detalles son lo que hace única a la escritura.

Hay una disciplina que se dedica a analizar la forma de escribir: la lingüística forense. Los expertos se centran en las palabras, la puntuación, los errores y el trazo porque cada uno tiene un estilo tan propio que es posible reconocerlo, como si fuera una huella dactilar del pensamiento. Nos delatamos en lo que escribimos, incluso cuando no queremos.

La escritura tiene tanta belleza por eso. Es algo único. Todos partimos la misma base, pero con los años cada uno va escribiendo algo que solo tú podrías escribir. La letra deja de ser una copia para convertirse en una firma, y en ella queda guardada, sin que nos demos cuenta, una parte de quiénes somos.