El mechón

Era castaño, voluminoso y caía con gracia sobre la frente de la mujer, pero no llegaba a ser flequillo, más bien formaba parte de un corte desfilado. Estaría compuesto por unos 456 pelos. Sus compañeros eran similares a él, algunos más largos, otros más cortos, algunos canosos y otros oscuros, algunos lisos y algunos extrañamente rizados. Pero todos juntos formaban la larga melena de ella, la mujer. 

El momento favorito de Mechón era el aclarado del champú en la ducha. Notar como el agua calentita le iba limpiando de la suciedad… era muy gustosito. 

Pero llevaba un tiempo que…

Ayer tocó recogido, en moño, quedó precioso, pero todos los mechones se quejaban cuando eran retorcidos para crear la rosca o cuando, ya colocados, la mujer ponía la goma y las horquillas para fijarlos, estaban prietísimos y demasiado girados. Mechón comprendía que ella no hubiera tenido tiempo de lavarse el pelo, pero aun así, le fastidiaba cuando le tocaba pasar incómodo la mayor parte del día. Había veces en las que algún otro mechón, en un intento de rebelión o de encontrar libertad, se salía de la composición, pero entonces una horquilla plateada y punzante lo enganchaba y lo clavaba de vuelta en el moño. 

Y encima eso no era todo. 

—Joe, aquí viene…

—¡La que faltaba!

Su mayor enemiga, la Gomina. Esta cabronceta hacía que se ahogasen bajo su inquebrantable gel con olor a lima-limón, ¡qué horrible! Mechón a lo largo del día acababa completamente agotado. De hecho, cada noche cuando la mujer retiraba el gel se podía apreciar que varios mechones habían perdido a gran cantidad de sus componentes, los pelos quedaban muertos en el cepillo. Los pobres mechones cada vez estaban menos poblados. 

Por todo esto para Mechón la ducha era el mejor momento… el agua calentita le limpiaba de todos los productos dañinos, la contaminación de la gran ciudad, el estrés y el sudor por tener que ir de un lado para otro sin casi poder parar. 

Pero hace poco la mujer se había comprado una plancha, ella también quería hacerse esos peinados como las influencers que veía en redes sociales. Mechón cada vez que veía a esas dos placas de metal ardiendo acercarse notaba como se erizaba el cuero cabelludo que lo sujetaba… ¡Qué calor! ¡Cómo quemaban! Nunca estaba seguro de si saldría de esa situación sin partirse del todo. Primero dos pasadas para alisar y luego montones de curvas para crear unas ondas despreocupadas. Mechón acababa peligrosamente caliente y mareado.

Así que, la ducha ya no era su momento favorito, porque después venía el daño y las vueltas sin cesar. Efectivamente, se podría decir que tanto Mechón como sus compañeros estaban empezando a enfermar, estaban débiles. 

Un día, tras haber pasado por toda la rutina de cabello, mientras la mujer estaba en el metro camino al trabajo, todos los mechones se fijaron en el pelo de otra mujer que estaba en el vagón, sorprendidos vieron como los mechones morados en forma de cresta reían alegremente, no podrían sentir más envidia. 

—Tenemos que organizarnos, convencerla de que se haga ese peinado —dijo el mechón más canoso de todos— los compañeros de los laterales no pueden más, ya no son lo que eran, los recogidos les han reducido hasta ser cuatro pelos… Las puntas piden ser cortadas con urgencia, están tan secas que apenas se mueven. Ese corte nos permitiría sanarnos, recuperarnos y vivir libremente. Notar el viento pasar por entre nosotros… 

—¡Sí, hagámoslo! —dijeron todos. 

Mechón estaba entusiasmado, él no sería rapado pues aún tenía fuerzas para aguantar, pero deseaba sin duda un cambio de rutina, una renovación. 

Y dispuestos a conseguir su objetivo, cada vez que tenían la oportunidad todos se arrejuntaban para crear la forma de una cresta y que la mujer se acostumbrara a verse con ese pelo. Al principio no obtuvieron resultados ya que rápidamente la mujer se cepillaba el pelo sin apenas fijarse en su aspecto. Aún así lo siguieron intentando una y otra y otra vez… Hasta que un día la mujer sí que se fijó en el espejo y se sorprendió de lo mucho que le favorecía la cresta, se sintió muy guapa de golpe y le divirtió la forma. 

Todo el día estuvo fijándose en su pelo, en cada espejo, cada escaparate, cada ventana, cada superficie que reflejaba su imagen. La verdad, estaba bastante dañado, se fijó en que los voluminosos mechones no tenían tanta densidad como antes y las puntas casi podían servir de cuerda de lo ásperas que estaban. No se lo pensó más. Esa misma tarde llamó a la peluquería, con la suerte de que le dieron cita para unas horas después. 

Mechón en ese rato de peluquería creyó estar en un spa: cuidados, reparación, corte, saneación, calorcito, masajes… Al salir de allí, todos los mechones, incluidos los que ahora medían no más de tres milímetros, celebraban y se movían con libertad. Mechón estaba contentísimo con su nueva forma aunque por su naturaleza no conseguía quedase del todo tieso y caía un poco sobre la frente de la mujer, pero era algo que a ella parecía no molestarle, al fin y al cabo se trataba de que este fuese un peinado con juego.