Una taza sin plato

Son las siete. Creo que no he descansado. Hoy sí que duermo más. Miércoles.  ¿Qué tengo? ¿Me dejé algo sin leer? No. ¿Desayunar? Rápido, lo de siempre. ¿Llego andando? Qué va, bus. Andrea, da igual, le mando un mensaje ¿Luego algo? No, tengo cosas. Comida con los tíos a las tres. No puedo llegar tarde.

Esa mañana pasó borrosa, como todas las anteriores, pero da igual, ya estaba en el alboroto de una sobremesa familiar con mis tíos y mis padres.

⎯¿Alguien café?

⎯Sí, yo. 

⎯Yo también.

⎯Y yo.

Las tazas de cortados, solos y con leche empezaron a circular de mano en mano. Las cucharillas, las tazas, el cartón de leche, el azúcar. 

⎯¿Tú cortado o con leche? ⎯me dijo mi tío.

⎯Con leche ⎯respondí.

Me alargó la taza y la cogí. Pero antes de posarla en la mesa, mi tía, que lo había observado todo molesta, me detuvo y me quitó la taza de las manos.

⎯Ay, chica, las cosas hay que cuidarlas. No hay que perder la elegancia.

Acto seguido sacó un plato pequeño de porcelana y colocó la taza encima. Eran del mismo juego. Entonces yo, que llevaba todo el día caminando con inercia, que no me había preocupado de descansar bien ni de sentir la pereza de un miércoles cualquiera. Yo, que no me acordaba de lo que había desayunado, pero sí de haber llegado justa al bus porque no me daba tiempo a ir andando, frené de golpe. “Las cosas hay que cuidarlas”, resonaba en mi cabeza, “no hay que perder la elegancia”. 

Me quedé mirando el platito. Era blanco con unos dibujos florales que iban desde fuera hacia dentro. Fue un regalo de mi abuela a mi tía. Apenas pesaba y era fino. Este objeto siempre pasaba desapercibido para mí y me parecía, con diferencia, el más inútil de la vajilla porque su función se reducía a sujetar la cuchara. Me fijé en el resto de mi familia, ellos solo utilizaban una taza. Al final, el platito era poco práctico, un cacharro más que lavar. 

Pero, de pronto, la pieza de porcelana me obligaba a algo distinto. No podía beberme el café de pie, ni pensando en lo que haría esa tarde. El platito exigía más, una mesa, apoyar los codos. Exigía, ante todo, una pausa. A su lado, las otras tazas me parecieron vulgares, símbolos de una vida que se consume sin saborearse, de tomar el café por tomar, un trámite más del día. La imagen se volvió contra mí: yo era una taza sin plato. Hacía tiempo que me había convencido de que sobrevivir era suficiente, que el tiempo era suceder y no habitar. Sin quererlo, más veces de las que me gustaría admitir, había convertido mi vida en una lista de tareas a tachar. El platito, tan inútil entre la vajilla, de pronto se alzaba con fuerza ante el resto de tazas desnudas. Quizá sí importaba el detalle, mimar las cosas. 

Acerqué la taza a los labios, pero esta vez no para beber sino para saborear. Quería tomarlo tranquila, sin mirar al reloj y escuchando la conversación entre mis tíos y mis padres. 

Di un sorbo y me quemé. Debía esperar más.