Pocos autores americanos gozan del reconocimiento que posee Ernest Hemingway, aunque no muchos conocen la magnitud de su vida. En mi caso, habría sido uno más de este grupo de no ser por cierto profesor aficionado a contar historias e irse por las ramas en sus clases. Muchos podemos reconocer a priori algunas de sus obras más populares, pero al ahondar un poco en su vida, te das cuenta de que no hay ninguna historia es tan interesante a la par que trágica como la suya propia.

Su camino estuvo marcado por una gran cantidad de sucesos y anecdóticas leyendas que enaltecen la biografía del autor. Se puede afirmar que la dimensión de su obra está, sin ninguna duda, a la altura de la increíble personalidad que le llevó a convertirse en uno de los más grandes escritores estadounidenses del siglo XX.

Si nos remontamos a sus inicios, no fueron nada fáciles. Marcado por una infancia complicada y por el suicidio de su padre, desarrolló un profundo sentimiento de rencor que, con el tiempo, acabaría por convertirse en entendimiento. No cabe duda de que cada obra de Hemingway posee un trocito de su persona, historia y pensamiento, lo que nos permite poder acercarnos más a él y tener un reflejo de su evolución a través de su literatura.

La inquietud que tanto le caracterizaba le llevó a viajar y vivir en multitud de países, siempre preocupándose por los problemas sociales que le rodeaban. En su época de cronista realizó un reportaje sobre la Guerra Civil española que le permitió acercarse a nuestra literatura al punto de forjar entrañables amistades con otros autores. Bien conocida es su admiración por Pío Baroja, a quien acompañó hasta su lecho de muerte.

Junto con su carisma y atractivo porte, se convirtió en todo un casanova entre las mujeres, lo que se corrobora en sus cuatro matrimonios. Una de sus esposas más conocidas fue la reportera de guerra Martha Gellhorn, con la que compartió sentimientos y profesión ya que cubrieron juntos varios acontecimientos geopolíticos. Ambos narraron la Guerra Civil española de primera mano y, más tarde, la Segunda Guerra Mundial, la cual Ernest comenzaría empuñando una pluma y terminaría con un fusil en las manos, combatiendo a los nazis.

Fue en uno de sus viajes a China, donde su mujer debía cubrir el conflicto, que su principal labor pareció ser la de emborracharse con vino de arroz y tratar con los paisanos. Algo muy propio de él.

No se pueden negar sus innumerables éxitos tanto literarios como personales, pero esto no impidió que su historia se tornara en tragedia. Incapaz de silenciar los demonios de su deslumbrante pero atormentada cabeza, acabaría por tomar la misma decisión que su padre antes que él, aquella que tanto había criticado y guardado con rencor.

A mi parecer, su final refleja el tormento que pueden esconder algunas mentes, por maravillosas que sean, así como la fragilidad del ser humano. Aunque conociera la guerra y siempre estuviera rivalizando con otras personas, la batalla más importante siempre fue contra sí mismo. Sus increíbles obras y sus aportaciones a los estudios literarios hacen que su vida, llena de luces y sombras, pase a la historia y sea recordada.

No encuentro una mejor manera de cerrar este pequeño vistazo a su persona y pensamiento que con una frase que él dijo a una amiga y conocida reportera llamada Lillian Ross:

“Quería mucho a su hijo, y añadió que a lo largo de su vida también había querido a tres continentes, a varios aviones y barcos, a los océanos, a sus hermanas, a sus esposas, a la vida y a la muerte, a la mañana, al mediodía, a la tarde y a la noche, al honor, a la cama, al boxeo, a la natación, al béisbol, a la caza, a la pesca y a la lectura y a la escritura, y a todos los cuadros buenos”.