Lo siento, no es personal

Me habían contactado para hacer un último servicio. Después de eso, lo dejaría. No es que tenga la edad para jubilarme, pero este trabajo desgasta.

Nadie sabía a qué me dedicaba, ni mi familia, ni mis amigos. Nadie. Prefería que no supieran nada. Se me da bien el trabajo, o al menos mis clientes están satisfechos, pero no me atrevo a contárselo. Puede que sea por vergüenza o por miedo a que me juzguen.

No es un trabajo normal.

Me llegó el mensaje con la dirección y la hora en la que debía de completar el trabajo. Me quedaban dos horas. Me di una ducha larga, de esas en la que te mimas: te pones la mascarilla en el pelo, te depilas, te enjabonas con suavidad para después echarte aceite y loción corporal. Me quedaba una hora. Me maquillé, ni muy cargada, ni muy sutil. Un punto medio. Me quedaban cuarenta minutos. Me peiné. Me ondulé el pelo y lo recogí en una coleta. Al fin y al cabo, era uno de los mejores peinados para este trabajo. Me quedaban veinte minutos. Me vestí, un conjunto negro. Cuanto menos me haga notar, mejor.

Ya era hora. No comí, no podía hacerlo antes del trabajo. Se me removía el estómago de los nervios.

Llevaba años en este trabajo, pero nunca te acostumbras. La violencia que lo rodea. No es para mí. Pero se pagaba muy bien. Necesitaba el dinero. Era lo que me repetía todos los días de camino al trabajo. Lo hacía por ellos. Pero ya por fin se va a acabar.

–Venga a por el último, tú puedes– repetía mientras miraba el mensaje del cliente. Tras comprobarlo, entre en la dirección que me envió, y le vi. Vi a mi próxima víctima.

Estaba tranquilo viendo una película sentado en el sofá. No se había dado cuenta de mi presencia. Eso era lo peor. No te esperan. ¿Quién lo haría? No es una cosa que pase de normal.

Inspiré un par de veces y, sin hacer ruido, me acerqué a él. Estaba todo preparado.

Venga puedes.

–Hola, Tomás– Al oír mi voz se dio la vuelta lentamente. No me esperaba. Estaba asustado. Quien no lo estaría si te apuntan con un arma. –Lo siento, no es personal.– Me reí. No era una risa alegre, sino nerviosa. No era por él, era porque por fin iba a terminar. Tanta presión, tanta violencia, tanta sangre. Todo. Intentó huir. No podría. Tenía miedo. ¿Quién no? Corrió hacia la puerta. Apunté. Cayó al suelo. Pum. Fue el único ruido que se oyó. Ya todo había terminado.

Me quedé mirándole un rato apreciando el silencio de la noche. No se oía nada. Por fin podía dejar de pensar. Ya era libre. Sentí que podía volver a respirar con calma. Recogí todo, y me fui a casa. Cuando salí de la ducha escribí el mensaje que cambiaría mi vida:

Objetivo eliminado

Ya está, se acabó. Adiós a esta vida. Adiós a la muerte.

El timbre de la puerta me sorprendió, no esperaba a nadie. Me puse el albornoz y fui a abrir.

–Hola, lo siento, no es personal.