Un asiento sin nadie en una conferencia

tiene ojos y mira con un frío absoluto.

Sobre todo si estás al otro lado

del azul de los mapas,

separada de mí por ciudades nocturnas,

el campo de las nubes, la luz de algún navío

y costas dibujadas con espuma

y casas con piscina.





Cruza un avión

el rojo turbio del amanecer

igual que el sueño cruza por tu noche,

cercano y lejanísimo,

en busca de otra tierra que no es mía,

aunque está junto a mí.

A veces me pregunto si yo soy

el que hace de mí cuando vivo en tus sueños.





El agua ya servida. Me deja frente al público

el verbo exagerado de mi presentador.

Es un martes de octubre. Debo hablar

sobre la utilidad de los poetas

y en la silla vacía no se sienta

ni el silencio de Bécquer encerrado en un álbum,

ni la desguarecida multitud

que Baudelaire metió en una botella,

como se mete un barco,

como se mete el humo,

el rojo turbio del amanecer.





En la silla vacía se sienta tu recuerdo

y la imaginación del viento norte

que ahora te persigue, las calles que te miran

y los escaparates

en los que te descubres reflejada.

Yo estoy donde tú estás, pero en la vida

hay cosas que no pueden compartirse.

Por eso sigo aquí y voy contigo,

cercano y lejanísimo,

en busca de otro mundo que no es mío,

aunque está junto a mí.





La poesía es la voz del que se sabe

vivo y mortal, lo dice Blas de Otero,

y en conclusión, señores, el poema

no nace del esfuerzo de hablar solo,

es la necesidad de estarle hablando

a una silla vacía.