¡Verano adorado, te estás muriendo!

Los tiempos fríos no tardarán en llegar. Atrás quedan los meses estivales y, poco a poco, comenzamos a adentrarnos en el mundo de las hojas caídas y los hongos. Cederá nuestra voluntad de salir a la calle cuando el sol se vea opacado por denso vapor de agua y nuestros huesos preferirán la compaña de la lumbre y grandes tomos. Se aproxima el otoño, si el cambio climático nos lo permite.

Y qué mejor mirada podemos dirigir desde la butaca cálida, cuando afuera clamen los cielos, que una a las Sonatas de Ramón María del Valle-Inclán. Además, el escritor gallego decidió abrir el ciclo a partir de la Sonata de Otoño. En un ambiente aristocrático, cercano al medievalismo, se lleva al lector a las memorias del marqués de Bradomín, quien recibe una carta de Concha, un viejo amor que le anuncia morirse. Ante ello, nuestro galán, envuelto en una prosa profundamente preciosista y cargada de lirismo, decide tomar la decisión justa: ir a verla, despedirla como es debido.

Es abrumador el ambiente aristocrático en el devenir de la obra. El Marqués acude al palacio de Concha, nada menos que la condesa de Cela y ahí se desarrolla la mayoría de la acción. Él, todo un caballero, parece entender que tan ilustre mujer debe irse en paz, despidiéndose de uno de sus pasados amores. Ella, moribunda, aún lo ama. Y así es la novela a ojos del lector ingenuo. Así es como nos engañan por primera vez.

Valle-Inclán no es ni mucho menos un inexperto escritor en la altura que publica las Sonatas; de hecho, probablemente nunca lo haya sido. En el más puro ambiente modernista, da salida a esta saga de libros que se caracterizan por una lírica preciosista y esteticista. Juzguen con sus propios ojos el siguiente fragmento:

«Con un extraño sentimiento, mezcla de superstición y de ironía, escondí el místico manojo entre las almohadas de Concha, sin despertarla. Me acosté, puse los labios sobre su olorosa cabellera e insensiblemente me quedé dormido. Durante mucho tiempo flotó en mis sueños la visión nebulosa de aquel día, con un vago sabor de lágrimas y de sonrisas».

No tengo mucho que añadir del lirismo de la prosa de Valle, intuyo que ustedes tampoco. Este se vuelve clave en la confección de las Sonatas, pues los lectores de la época recibieron y entendieron la novela, al adentrarse en su lectura, como una novela erótica de quiosco. Sin embargo, dicho efecto dura hasta que quieres comprender el texto más allá de las melifluas palabras de Valle-Inclán.

El final de la obra –que no voy a revelarles por puro respeto– nos permite comprender quién es el marqués de Bradomín, de qué palo va realmente. En esas últimas páginas entendemos que es un sinvergüenza que sabe contar sus memorias de manera muy bonita, tan bonita que aún no consigo odiarle por más que lo merezca, ahí tengo que darle totalmente el punto a don Ramón del Valle-Inclán.

Esta es la gracia que se esconde en las Sonatas, que se juega con el formato de las memorias y el género del yo para que el lector crea a pies juntillas al narrador, un narrador que no sólo tiene el control de la historia, sino que además sabe contar las cosas de manera bonita. Sabe contarnos tiernamente que Concha es su viejo amor, que ella está loca por sus huesos, pero que él no tendrá mayores pudores en yacer con su prima, jugar con sus sentimientos o aprovecharse de ella. Y lo cuenta muy bien, tanto que esconde en palabras tiernas sus canalladas y dota de gran heroísmo lo poco que hace bien este donjuán.

Visto esto, cualquiera que quiera adentrarse en las Sonatas, debe saber que el orden cronológico de las memorias del marqués de Bradomín es el esperado: empezamos por la primavera, después el estío, nos introducimos en el otoño y la naturaleza muere para no renacer en el invierno. Sin embargo, es un error no comenzar por la Sonata de Otoño y perderse el primer contacto con el Marqués en el mismo orden que lo hicieran los contemporáneos a Valle. Empezando por la primavera, cualquiera entiende ya de qué va este tipo y se pierde la atmósfera de cariño y odio que te crea la primera novela.  

Las hojas comenzarán a caer cuando el estío decida abandonarnos definitivamente, yo espero que sea pronto. Por su parte, lector, espero que se adentre en la Sonata de Otoño.